Noche durante el día

  • Galería de Arte Mexicano
  • 25 julio 2019 — 30 septiembre 2019
  • Curaduría: Paulina Ascencio
ir de prisa (2019)

Hace una semana, mientras estaba en la playa por el norte de Florida, vi una gaviota adulta dando comida, algo rojo retorciéndose, a una juvenil berreando. Pensé, “ay que rico, un camarón,” pero de repente no podía distinguir si era un camarón, algo vivo, o una pieza de plástica. De repente vi las gaviotas muertas, con sus estómagos abiertos, por una playa cubierta en plástico, como los albatros de las islas Midway. Sentí un horror profundo, me pregunté si estaba volviéndome loco. Era una sensación de las marginas entre mi consciente y mi inconsciente disolviéndose, de lo que estaba viendo, una gaviota dándole comida a otra gaviota, y lo que estaba en mi mente, la seguridad que voy a ver la extinción de varios animales, incluyendo todos los animales presentes en esa playa —las gaviotas, los delfines, las tortugas marinas y terrestres, las ballenas—. La sensación me recordó de las novelas napolitanas de Elena Ferrante, en que la mejora amiga de la narradora sufre de sus “marginas disolviéndose,” como cuando su hermano “perdió sus rasgos….algo violó su estructura orgánica…una presión tan fuerte que se descompuso a sus contornos.” La perdida de marginas, o más bien la perdida de control, para mi, para Ferrante, para los pintores machos del arte estatal de EEUU, expresionismo abstracto, es algo muy seria: es terror, es horror, es el silencio melancólico del hombre genio, pensando en su próxima obra de gran importancia, un silencio narcisista que no cabe a otros ni especialmente a otras.

Inicialmente caminé pasando la Galería de Arte Mexicana. No vi un señal, no vi nada arriba de la puerta, pero sí vi un timbre. Toqué el imbre y esperé. Envié un mensaje a mi novio: “creo que está cerrada.” Después de unos minutos, pensando en que hacer, sintiendo alrededor de mí el horror de no haber hecho mi tarea, abrió la puerta. Entré la galería, caminé hasta el cenicero de cemento pesado aún oliendo de cigarros recientes, subí unas escaleras, y entré un cuarto oscuro en que vi unas pinturas, unas cerámicas, y una ficha que dijo el nombre de otra artista. Subí más escaleras y vi la ficha y el catálogo para “Noche durante el día,” la exposición de obra de Lucía Vidales, mezclado con obra del archivo de la GAM. Sentí con confianza que estaba en el lugar correcto, aunque tampoco estaba prendida la luz en ese cuarto. Prendí la luz y entré. Me encontré en frente de una pintura de una persona hormiga, con dos piernitas, ojos de azul y rojo, una boca amarilla, llevando un vestido azul, debajo de un paraguas. Atrás de la persona hormiga unos bloques de colores, como unas rothkitas, que disolvieron a charcos mientras viajaban desde la derecha hasta la izquierda. Desde la esquina alta izquierda salieron unas piernas de caricatura, como las de Pippi Longstocking, acercando un cáliz roto. Me pregunté, pues más bien supe en ese momento en otro momento de disolver marginas, si esa pintura era de un título que vi mientras estaba tomando fotos del catálogo —siempre tomo fotos del catálogo pero casi nunca escribo sobre lo que pienso que voy a escribir—, un título que estaba en mi mente porque es algo que hago muy seguido, de ansiedad y nervios: Ir de prisa (2019). Sonrié y bajé las escaleras, apagando las luces como el huésped buena onda que soy. Vi una urna con un perrito, igual de caricatura, mirándome. Tomé una foto y la mandé a mi novio: “mira el perrito!”

En su grabación Canta Duke Ellington, Nina Simone ocasionalmente sale del swing entusiástico de sus compañeros para percutir frases de repente arrítmicos y maníacos, quedando en el clave mayor en que casi siempre están pero insertando la violencia o insistencia de Cecil Taylor. Cuando al principio enterré de esas micro viajes, pensé en el enojo a fuego lento que siempre asocio con Nina Simone, pero después me acordé cuantas veces se ríe durante mi entrevista favorita con ella, mientras dice al presentador incrédulo y condescendiente como agarró una pistola —“no era un cuchillo, era una pistola!” le regaña a él— para matar a un ejecutivo que le había robado, o como cuando dice que no canta desde el enojo sino la inteligencia de saber el papel que lleva su público blanco y privilegiado en la opresión de gente de color alrededor del mundo: “no quiero que ellos piensan que yo no sé quienes son, mi amor,” ella sonría. Vidales sabe lo que Simone supo, que la perdida de control no es terrible ni horrible ni una pesadez masculina. Es divertido, es chistoso, es graciosísimo, mi amor.