Hacer cosas con palabras

  • MUCA Roma (Ciudad de México)
  • 1 de agosto 2019 — 13 de octubre 2019
  • Patrocinio: Producido con la colaboración del Laboratorio Nacional de Materiales Orales y Moisés Cosío
hacer cosas con palabras 2

Por más que 25 años, la obra de J.L. Austin, o por lo menos su libro Como hacer cosas con palabras, ha sido una piedra de toque por la teoría de performance anglosajona, y, como muchas ideas anglosajonas que han influido o más bien infectado ideas de otros mundos de pensamiento, han tenido sus afectos sobre la teoría de performance en general. Más recién, Susana Vargas Cervantes ha problematizada esas teorías anglosajonas, específicamente las teorías de Judith Butler y Eve Kosofsky Sedgwick sobre saliendo del closet, mostrándonos que esas teorías llegan de una perspectiva privilegiada, blanca, de clase media: justo desde la gente quien se puede salir del closet sin consecuencia. No es necesario re-re-re-explicar esas teorías aquí —el ensayo de Vargas es suficiente y obviamente hay más, esas teorías han sido en circulación por 25 años, que risa reconocer que yo tenía cinco años cuando salió Gender Trouble— pero la idea en general es que la capacidad de hacer cosas con palabras es un privilegio solamente disponible a gente blanca, clase media, conformando a un genero, a la gente a quien se escucha, cuya “cielo de sus posibilidades,” como lo describió James Baldwin, cabe la capacidad de cambiar como es interpelada. La misma Butler lo escribió en Excitable Speech, un libro que salió en 1994, cuando yo tenía nueve años: “El sujeto como soberano es asumido en la cuenta Austiniana de performitividad…” Pero ¿la gente cuya soberanía es comprometida o negada por su clase, raza, género, geografía, etc?

Hablantes de lenguas indígenas en México, como los rapers que populan el video de Noé Martínez en su exhibición actual en el MUCA Roma, “Hacer cosas con palabras,” sufren de esta falta de soberanía en su propia enunciación. A través de una serie de entrevistas con varios individuales del mundo mexicano de rap en lenguas indígenas, que se puede ver desde tres o cuatro pufs sobre el suelo del cuarto oscuro, tal vez con otra persona, tal vez sole, o tal vez parade nerviosamente por la puerta, les raperes cuentan historias de discriminación, de haber viste como criminal sin razón, o de haber ignorade, burlade, juzgade por el color de su piel o el sonido de su lengua, historias de haber sido recordade una y otra vez del bajo cielo de sus posibilidades. Sus sentimientos se hacen eco con los de lxs entrevistadxs del audio que acompañó el performance de la pareja de Martínez, María Sosa, hace unas semanas en PARQUE Galería. En cada entrevista, une rapere cuenta de su experiencia, su crecimiento, como ha sido percibide en México generalmente o la Ciudad de México específicamente, y escucha a una grabación de música mexicana tradicional, en muchos casos música de banda oaxaqueña, una música tradicional que mezcla la música popular medieval que llegó con los españoles y quedó por cuatrocientos años en las montañas y las sierras de Oaxaca, gradualmente mezclándose con rituales indígenas y eventualmente con instrumentos como clarinetes, trompetas, y tubas que dejaron los alemanes en México en el principio del siglo XX. Casi cada entrevistade cierra los ojos con placer y sonría: “¡escuchas al son mixe y te da ganas de bailar!” Así como las palabras trae la capacidad de herir, lo cual escribe Butler en Excitable Speech, la música trae la capacidad de (con)mover(se).

Justo en ese sentido la exhibición de Martínez gira la significación de “hacer cosas con palabras” desde una perspectiva privilegiada, distante, e individualista hacía una precaria, encarnada, y comunitaria. Una persona —blanca, de clase media, que conforme a ideas europeas estandarizadas de género— saliendo del closet hace una decisión individual que solamente afecta la formación de su misma, que no efectúa nada de solidaridad con otros —es “soy gay,” no “somos gays”— y por cierto no inspira a nadie pensar en o moverse los cuerpos, soles o juntes. Por otro lado, una persona indígena haciendo rap en su lengua originaria, usando las herramientas comunitarias de la música rap, una manera democrática de componer/hacer música que aún no es clasista, que hace los cuerpos moverse, solos o juntos, enunciando no la singularidad de uno sino el poder de muches.