1,500 Grullas de Coronilla Roja

  • Cardinal (Baltimore, MD)
  • 18 mayo 2019 — 15 mayo 2019

Cuando llegamos a Cardinal, por la esquina de North y Park en Baltimore —hace unas cuadras de un cambio duro desde una colonia africano-americano, desoladora y sin arboles, a una colonia blanca, llena de arboles, bien mantenida— Bonnie Jones estaba, hablando con una visitante. Bonnie estaba en Cardinal uno o dos veces la semana, me dijo, sentada en una mesa, contestando preguntas, doblando grullas, enseñando visitantes como doblar grullas. Esperaba doblar 1500 grullas, para igualar el nombre de su exposición, 1,500 Grullas de Coronilla Roja. Las grullas estuvieron suspendidas en la ventana como el pato rostizado en un restaurant chino. Quien sabe cuantas dobló. La grulla de coronilla roja es un pájaro en peligro de extinción que vive por la zona desmilitarizada que divide la península coreana. Bonnie nos sugirió que vayamos arriba primero, después al espacio principal, después a la instalación sonora en un cuarto atrás.

Desde arriba, ves la exposición como un jefe de fábrica al espacio abajo. Primero ves unas estantes, rodeando el espacio por lo arriba de las paredes, como donde Félix González-Torres hubiera pintado un retrato. Sobre los estantes hay un detritus variado, latas de Goya, radios viejos, cerámicas. Cositas. Abajo de los estantes, ves la mesa en donde Bonnie, o tal vez alguien diferente, está sentada. Tal vez ves alguien estirando el cuello para ver los estantes desde debajo. Cuando vuelves al espacio principal, ves unas mesitas, debajo de los estantes, sobre cuales hay más detrito. Ajuntado a cada mesita hay un transductor, que tocan sonidos que, en un momento, van a correlacionarse a los sonidos en la instalación atrás. Porque los transductores no producen tanto volumen, tienes que doblarte para escuchar, con el oído dirigido a la mesa. En el cuatro atrás era tan oscuro que mi amigo tropezó conmigo mientras estaba agachado sobre el suelo. Los sonidos —ruido rosa, tonos sinosuidales, tal vez unas grabaciones del campo o mas bien estuvo el sonido del trafico afuera mezclándose perfectamente con la instalación de cuatro canales dentro— nos anegaron. Escuchamos sentades o tumbades hasta que vino Bonnie para decirnos que ya tuvimos que salir, para ir a su casa y prepararnos por el concierto en la noche. Cuando salí, tomé una copia de corte de un librito de relatos cortos, We’ve, publicado específicamente para la exposición.

Leí We’ve —algo entre “tenemos” y “hemos”— dos semanas despues, sentado por un porche en Nueva Orleans, alternando entre leer y mirar la lluvia. En las historias, une naradore acompañade, une nosotres, colecta y repone detrito: “latas de frijoles pintos, zanahorias, empujamos estos por todo con las manos también,” escribe en “No hay ni una mentira en esta historia.” El detritus que puebla las historias es el mismo detritus que puebla el Cardinal, lo cual centra se ubica les autores de 1,500 Grullas de Coronilla Roja como le nosotres de las historias, une nosotres que se siente próxime pero vague, íntime pero inaccesible. Como estirar el cuello para ver los estantes desde debajo, o como doblarse para escuchar los sonidos de la mesa, o como entrar en una conversación con alguien para aprender como doblar una grulla. Es difícil, hay que trabajar. Y después de mucho trabajo aún no vas ni vamos a tener, para nosotros, el sentimiento exacto de estar en la zona desmilitarizada en la frontera de las Coreas. Pero ¿por qué necesitaríamos tener todo?